El mundo había estallado en guerra y Hollywood se preparaba para luchar desde los Estudios y los noticieros, revestido con un porte aliadófilo en el que las estrellas habrían de volcar todo su potencial. Todos los géneros se vieron salpicados por el conflicto y, juntos, contribuyeron a la causa desde sus particularidades. Desde el melodrama hasta el musical, ensalzaban la esperanza de un futuro que se prometía próximo y esperanzado.
También la comedia supo renovarse. La parodia fílmica no tenía más que abrir los ojos a la escena internacional para ver representados los disparates más descomunales que uno nunca hubiera podido imaginar, pero ni siquiera “la censura podría detenerlos” (Ser o no ser, 1942).

Sin embargo, no todos fueron tan valientes. En el tardío 1944, Genius (Phil Silvers) cantaba en Cover Girl de Charles Vidor -rodeado de exuberantes bailarinas- aquéllo de “Esto terminará pronto. Ya veréis. Por culpa del Eje traicionero, mi café es achicoria…Durante esta campaña qué más da si las zanahorias son pocas, comeré alcachofas hasta que ese partido Nazi desaparezca mientras no restrinjan mi pasión por ti…”. Pero también se permitía comentarios bastante desafortunados en el mismo número: “Ir al centro era aburrido pero ahora me encanta…En la oficina durante el día es un placer dictar órdenes. No está mal en el país de la libertad ser un dictador como yo”.

Cuando Charles Chaplin realizó El gran dictador (1940) EE.UU. todavía deshojaba conveniencias acerca de su entrada en la Segunda  Guerra Mundial. En ella asistimos a una verdadera lección de historia viva. Cada detalle, cada comentario, cada personaje formaba parte del espejo contemporáneo en el que unos se contemplaban complacientes y otros no se atrevían a romper.

Es un retrato perfecto de lo que acontecía a tiempo real y, aun rayando el absurdo, resulta de lo más creíble. La volatilidad de los pactos de paz y de guerra –“Pero señor, ¡si acaba de firmar la declaración de guerra!- Se ha declarado la paz”, le contesta Astolfo Hynkel al Ministro de Propaganda Garbistch (Henry Daniell), la brutalidad policial con la que arremete la patrulla contra el sorprendido barbero judío, que no entiende por qué quienes antes le protegían ahora le amenazan –“¿Pero quién les ha dicho que cuelguen a la gente de las farolas?, pregunta Schultz (Reginald Gardiner)-Nadie señor” o la manipulación informativa llevada acabo en la escenografía del poder –“Y ahora conectamos con el programa Apuestas mutuas que al parecer lee un texto previamente preparado… Finalmente termina diciendo que para el resto del mundo él no tiene mas que paz en su corazón”-, en la que es evidente la constancia del documental El triunfo de la voluntad (1935, Leni Riefenstahl).

Chaplin no escatima en caracterizaciones reconocibles y diálogos claros. Las cotas más altas se alcanzan cuando, junto al falso Goebbels y a Göring (Herring-Billy Gilbert), llega a Tomania desde Bacteria el mismísimo Benzino Napoloni (Benito Mussolini-Jack Oakie). La escena del buffet es sencillamente genial.

Astolfo Hynkel (Hitler – Charles Chaplin) y Benzino Napoloni (Mussolini -Jack Oakie)

 

Tras caldearse el ambiente en el que Hynkel come “fresas con nata” y desencadenar una verdadera batalla gastronómica a la vieja usanza, ambos dictadores acaban abatidos por un ingrediente clave: la mostaza inglesa.
Pero en el desarrollo del filme también encontramos momentos duros. El protagonista es llevado a un campo de concentración, representado como un sembrado de barracones en los que visten como presos comunes. Tras desvelarse lo que de verdad acontecía en aquellos eriales de la muerte Chaplin confesó que, de haberlo sabido, no hubiera hecho la película.

Aun así, el tono general que se desprende de todas ellas es un destello sarcástico que no niega las condiciones en las que se malvive, como cuando el señor Mann (Bernard Gorcey) saluda al ceñudo señor Jaeckel (Maurice Moscovich): “¿Qué tienen de buenos?- Hombre, peor podrían andar las cosas- Si cree que podrían andar peor es que tiene mucha imaginación-…Tenía usted razón, no es tan bueno el día como creía- ¿Qué le había dicho yo…?, jeje”.

Y así, del equilibrio perfecto entre el gag visual propio de Chaplin y el humor inteligente, surge lo que Herman G.Weinberg reconoce como toque Lubitsch: un giro maravilloso en el que bajo los líos amorosos, la dinámica de las puertas o los diálogos con doble sentido subyace también un propósito crítico.

Ernest Lubitsch había comenzado su carrera cinematográfica allá por la década de los 10 y arribó a EE.UU. en 1922 contratado por Mary Pickford. Tras realizar con gran éxito diversas operetas –Rosita, El desfile del amor, El Teniente Seductor-, se embarcó en un ambicioso proyecto con Billy Wilder, otro recién llegado que venía huyendo de los nazis. Ninotchka (1939) habría de convertirse en la prueba irrefutable de que Greta Garbo también sabía hacer reír.

La película comienza con una vista del París “de aquellos maravillosos días en los que una sirena era una morena y no una alarma…Y que si un francés apagaba la luz no era por causa de un ataque aéreo”, en el que tres delegados rusos se devanan la moral decidiendo si hospedarse o no en un lujoso hotel. En este caso es el régimen soviético el que se cuestiona, mencionando en varias ocasiones el destierro a Siberia -“¿El camarada Cazabine? No, lo siento. Se fue hace 6 meses. Le llamaron de Rusia y está siendo investigado. Su viuda le dará más detalles. No hay de qué”.
Son tiempos delicados en los que el Realismo Socialista (1935) “velaba más que nunca” por el cumplimiento de los ideales soviéticos: “Dividiremos las joyas y las meteremos en distintas cajas. ¿Es una buena idea, no?- Sí es una buena idea, pero ¿por qué deberíamos tener ideas?-Es verdad. Eso está muy bien”.

De un lado se realiza una crítica a la alienación y a la miseria en la que vive el pueblo ruso, salpicando la historia con comentarios convencionales sobre el sistema comunista -“¿Quién soy yo para costarle al pueblo ruso 7 vacas?”- aunque no pierde ocasión de poner de manifiesto algunos de sus valores positivos, en los que la unión “…hace una tortilla”. No obstante, incluso la propia Ninotchka cae rendida ante la evidencia.

Vemos en ella una evolución de la heroína resuelta y activa de la screwball comedy. De mayor realismo, llega desde Rusia con todos los poderes para poner en orden al “comando de vitalistas con más ganas de ser corrompidos que se recuerdan”, (Fernando Trueba). No se deja embaucar fácilmente y su eficiencia es impecable. Quiere a su país y no va a permitir que “un producto desafortunado de una cultura en declive” le haga perder más tiempo del debido.
Pero lo consigue, Leon (Melvyn Douglas) no sólo logra hacerla reír –pasados 46:56min- en un guiño al slapstick tras caerse de la silla, sino abrirle los ojos a un mundo capitalista que, con todas sus cosas reprobables, al menos la dejaba vivir en libertad; aunque sobra decir que rezuma un discurso excesivamente optimista.

Ninotchka (Greta Garbo) y Leon (Melvyn Douglas)

 

La idea del ser, “…estar-parecer o resultar” y el resto de formas verbales están contenidas, de una u otra manera, no sólo en Ser o no ser sino en los otros dos filmes. El propio Chaplin hace mención al evidente parecido de su personaje con Hitler en el prólogo-“It’s purely co-incidental”- y juega con el carácter inmaduro e infantil del dictador. De hecho, en su desganada forma de saludar podemos encontrar el origen del genial “¡Hail yo mismo!” de Bronski (Tom Dugan).

Ninotchka se da cuenta de que el amor puede estar por encima de las ideologías y sistemas económicos y prueba que ponerse un sombrero –por ridículo que sea- o comprar lencería “no socava la causa”. Además, los delegados creen reconocer en la estación de tren a un camarada que acto seguido espeta: “Hail Hitler!”; aunque tal vez sea en primer filme donde se exploren más sus posibilidades.

“Hay que saber elegir el mejor papel en la vida, el lado correcto.- ¿Sin lugar para los que no quieren ser felices?, ¿Qué haremos con mi conciencia?”, Maria Tura (Carole Lombard) y el profesor A. Siletsky (Stanley Ridges), discuten entre filtreo y filtreo acerca de la conveniencia de pertenecer a un bando u otro. La compañía de teatro ha puesto en marcha su maquinaria y se dispone a hacer la actuación más importante de su vida, cambiando la obra que tenían prevista –GESTAPO- por Hamlet.

Maria Tura (Carole Lombard) y el profesor A. Siletsky (Stanley Ridges)

La coralidad de la película se manifiesta en momentos clave en los que la escena se colma de actores y el nivel de confusión llega a su punto máximo. De entre los incondicionales del director destacan Greenberg (Felix Bressart) nuestro eterno Shylock o el magnífico Coronel Ehrhardt (Sig Ruman) –Buljanoff e Iranoff respectivamente en Ninochtka-.

“No pueden censurar los recuerdos”, le decía Buljanoff mientras ésta sostenía una carta totalmente tachada, como tampoco se pudo contra los magníficos diálogos elaborados por Lubitsch, en los que encontramos referencias explícitas a una infidelidad e incluso a la consumación de ésta pero contra lo que ni siquiera el Código pudo hacer nada. Así, debido a la laxitud entre uno y otro filme encontramos diferencias notables entre “El blanco de sus ojos es claro. Su córnea es excelente”, que le dedica la delegada rusa a Leon y las “facultades armamentísticas” del piloto Sobinsky (Robert Stack), quien se confiesa “capaz de disparar hasta siete misiles en una sola misión”.

“Hamlet era incapaz de ser, ésta es la verdadera tragedia del príncipe… la de no poder, o no saber ser”, (Salvador de Madariaga). El futuro de todos estaba en manos de Josef Tura (Jack Benny) y, aunque su soberbia apunto estuvo de costarle la vida, consiguió deshacerse del apelativo de “actor barato” burlando el férreo despliegue de la GESTAPO y saliendo victorioso.
Al fin y al cabo, todas estas películas tenían un final feliz. De una u otra manera, el orden de las cosas retomaba de nuevo el control y la fantasía fílmica se despedía sonriente tiritando desde el haz de luz: viendo como María seguiría dejándose “sitiar lentamente” a la voz de Ser o no Ser o que Leon perseguiría a Ninotchka “allá donde hubiera delegaciones rusas”.

En su inesperada ascensión al poder, una vez llegado a la convención, el barbero de Chaplin subía unas escaleras en las que estaba rotulado LIBERTY. Temblaba de la cabeza a los pies pero para cuando le tocó hablar tuvo clara la primera palabra: “Esperanza…”. Había decidido cambiar el curso de la historia.